Cafecito con recuerdos junto a "Pocholo" López

El, durante muchos años, formó parte del elenco estable del centro de la ciudad.
21 de abril de 2026juan carlosjuan carlos

El, durante muchos años, formó parte del elenco estable del centro de la ciudad. Mozo de profesión (de cuando ser mozo era una profesión bien valorada) y buen tipo por convicción, su nombre real se perdió en el DNI y para todos fue simplemente Pocholo.

Hoy promedia los sesenta y tantos de edad, y calcula más de cuarenta de profesión. Junto con Pocholo ensayamos –café de por medio- algunas pinceladas de aquella Alta Gracia de cuando “el centro quedaba en el centro”.

Pocholo nació y se crió en barrio Gallego. En la calle Quintana, más precisamente. Con papá relojero de profesión, fue el menor de tres hermanos. “A mi hermano le decían Pocholo, y yo que era mucho más chico estaba siempre con él y me decían Pocholín”.
Claro, luego Pocholín creció y terminó siendo Pocholo. “Casi nadie me llama por mi nombre. El documento dice que me llamo Horacio Guillermo López, pero soy Pocholo para todo el mundo”.

“A los 4 años y medio, falleció mi mamá y al poco tiempo mi papá se volvió a casar. Nunca me llevé bien con mi madrastra y me crie prácticamente en la calle. Hice y terminé la primaria en la Escuela Víctor Mercante, pero no hice la secundaria. Me las rebuscaba trabajando en lo que saliera. Esa cultura de trabajo hizo que tan mal no me fuera en la vida”.

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Bienvenido a la profesión

“Empecé de joven, bien de abajo, como lavaplatos en el bufet del Centro Español. Todavía no era El Quijote cuando Baltazar Barbera lo modernizó. Era la cafetería del club. Ahí comencé a aprender esto de ser mozo”.

Es en este momento cuando comienzan a desfilar en la memoria algunos mozos históricos de Alta Gracia, como Mingo y Jorge Ureta, Jorge Heredia, Baby…

No era casualidad que en la ciudad hubiera tantos mozos. 

“Pasa que el Sierras Hotel fue un colegio para nosotros. Ahí aprendimos, nos hicimos en la profesión haciendo extras. Y para eso, había que saber, no era para cualquiera. Desde saber trinchar hasta cómo ofrecer los distintos platos. En esa época había grandes mozos como César Díaz o Don Fernández o Don Baigorria, o Don Urriza. Maestros”.

cocineros y mozos del Sierras

En Alta Gracia siempre hubo muy buena gastronomía. Albeniz, Casablanca son algunos de los ejemplos. En Albeniz estaba Luchi en la parrilla, Hugo Rivarola de mozo.

Y siguen los nombres… Robertito Heredia, la “Mecha”, Sandoval, el “Pampa” Rosanese que trabajaba también en el Banco. El Negro Pilar Carranza, Jorge Barroso, Pablo Melamud, Daniel Morte, el flaco Adán Liendo…

“Del Centro Español me fui con Baltasar a un comedor que puso sobre la ruta 5, cerca del Crucero. Un día pasé por Satán y Adán me ofreció ir a trabajar a Casablanca. Yo conocía de trabajar en cafetería, pero el comedor era otra cosa. Igual fui, y anduve muy bien. José Ferrari me apreciaba mucho. Casablanca era un espectáculo como restaurante”.

Los años de Stuttgart

Corrían tiempos en que los mozos tenían un trabajo fijo y además hacían extras en otros lugares. Reuniones, cenas, comedores fueron desfilando por la vida de Pocholo mientras trabajaba en la tradicional Stuttgart, en pleno centro.

“Cuando llegaban los clientes, yo ya sabía qué iban a tomar cada uno de ellos sin que me lo pidieran. Además se trabajaba todo el día y la noche. En Stuttgart a las 5 y media de la mañana teníamos que cerrar las puertas con la gente adentro. Teníamos que correrlos porque había que barrer y entregarle el turno a Mercedes que entraba a las 6. Se volvía a llenar la confitería con los que iban a desayunar. Tipo 10 y algo u 11 de la mañana entraba la gente del aperitivo, que se estilaba mucho. El Cinzano o Gancia con la batería… Había una gran cultura de bar. Luego llegaba el que al mediodía iba a comer para que a las 2 de la tarde llegaran los cafeteros, los que iban a hacer sobremesa al bar. Se trabajaba las 24 horas”. 

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“En Stuttgart trabajé de mozo y en la caja. Los miércoles y un domingo por medio era cajero. Entraba a las 2 de la tarde y salía a las 4 o 5 de la mañana. Los mozos nos íbamos rotando y nos relevábamos”.

Al lado de Stuttgart estaba San Remo y las dos trabajaban a full. Cada una con su clientela, que difícilmente se “pasaran” de un bar a otro.

“También estuve dos años en San Remo, cuando se jubiló Robertito Heredia. Renato (Gabás) me tentó y me fui con él. Eran los tiempos en que San Remo tenía también el bowling y el salón de arriba, donde se hacían fiestas".

Haciendo un ejercicio de memoria le pedimos a Pocholo que cerrara los ojos y viera imaginariamente una mesa de aquellos tiempos...

“Y... veo la mesa de los cafeteros a la siesta con Paca Botta, el Vasco Piérola, Pancho Fazie, el Manco Piérola, Pepe Diez, Gilfredo Parisi, el Gringo Pasarelli, el Dr. Maure, Julio Ganancias… ¡Mamita! ¡Que mesa!”.

Pero Stuttgart lejos estuvo de ser el punto final de su carrera.

“De Stuttgart pasé a San Remo y luego puse mi propio comedor, al lado de la vieja Terminal. Se llamaba “Piedra Libre”. Estaba entre la Terminal y La Cuevita que estaba en la esquina. La verdad es que me fue bien.
Por esos años había mucha oferta gastronómica, y todos trabajábamos muy bien”.

Más tarde, Pocholo tuvo un  comedor en la zona de Monte Ralo. Allí trabajaba para la empresa que construyó la ruta entre Despeñaderos y Corralito. Además, nunca faltaron los servicios en fiestas particulares, clubes, casamientos y demás eventos de la ciudad.

A esta altura de la charla fue cuando lo invitamos a tomar una bandeja y a -imaginariamente- servir un café. Nos demostró que habrá perdido algo de pelo, pero que las mañas y la destreza están intactas.
Ese simple hecho lo llevó a recordar tiempos de pibe, allá en barrio Gallego. Y a acordarse de amigos de aquellos años.

“Es cuando aparecen nombres muy queridos como el de la “Garcita” Juan José Gómez, caído en Malvinas y amigo muy cercano. “Era un pibe fenomenal, siempre quiso ser marino. Vivía en la calle Valencia y todavía recuerdo cuando llegó de la Escuela de Marina en su primer franco. Cruzó todo el parque del Sierras de punta en blanco con un uniforme que le quedaba corto de pantalón y le sobraba de zapatos. Fue una imagen simpática imposible de olvidar”.

Y la charla con Pocholo se nos fue. Entre anécdotas, recuerdos y nombres queridos, vimos a un hombre que amó su profesión, que hizo muchísimos amigos a través de ella, pero que nada le cuesta volver con recuerdos al barrio que lo vio nacer y a aquel pibe que un día soñó con ser mozo y que durante más de 40 años le sirvió café a la vida.

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