LA LEYENDA DEL GIGANTE

Alta Gracia Deportiva 06 de agosto de 2020 Por juan carlos
Alguna vez llegó a nuestras manos este escrito. Le pertenece a Mirna Barbareschi a quien no tenemos el gusto de conocer personalmente. Pero nos pareció fantástico poder compartirlo con ustedes.
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Cuenta la historia que una vez, en Alta Gracia, existió un Gigante. 

Era fuerte y muy alto, altísimo; tenía una mirada seria y firme. Era tan grande, que los niños de la ciudad apenas llegaban a sus rodillas. Estaba un poco pelado y siempre vestía un equipo deportivo de color azul.

El Gigante tenía tanta fuerza, que lanzaba una pesada ola de hierro a gran distancia; levantaba con sus macizos brazos el eje de un carro viejo (de esos que son tirados por caballos), con sus dos ruedas. El peso era inmenso para todos los hombres, pero el Gigante podía vencer eso y mucho más.

Así era el Gigante de la pequeña ciudad, pero hay una cosa muy importante que debe saberse: él quería muchísimo a todos los chicos. Le gustaba enseñar juegos y deportes para todo aquel que quisiera practicarlos.

El Gigante se llamaba Rodolfo Bútori, pero como su nombre era difícil de recordar, los niños le decían “El Maestro”. El les enseñó a correr, nadar y sentir el deporte. Para los chicos, era un Gigante admirable, serio, riguroso, pero podían ver su gran corazón, y lo seguían a todas partes.

Con él aprendieron a respetar al compañero, a izar la bandera con verdadero amor a la Patria, a colaborar y a no apartarse del camino honesto. 

El infundía estos valores, con una voz tan fuerte que retumbaba por todos los lugares y rincones por donde pasaba.

Los chicos se reunían en el Parque Infantil para esperarlo para que él les dijera qué iban a hacer ese día. Todos estaban inquietos, alegres, entusiasmados.

Pero había también días fríos y lluviosos; todos se desilusionaban, creían que el Gigante no iría y no podrían jugar y correr. Pero el Gigante SIEMPRE llegaba con su silbato al cuello y su equipo azul a la hora indicada. El nunca los abandonaba, y cuando los niños lo veían llegar, corrían, lo abrazaban gritando y saltando por su querido Maestro había entrado al Parque. 

Entonces, daba la primera orden, y había un silencio absoluto; parecía que hasta el viento cesara de soplar; los pajaritos se detenían en alguna rama y observaban atentos la escena; las hamacas y las calesitas dejaban de chirriar...

Todo enmudecía con silencio expectante. 

Era muy lindo oír su voz. Mucha gente decía que el Maestro era rígido cuando enseñaba, pero los chicos lo amaban, trataban de imitarlo, lo admiraban.

El era su héroe, pero no como los héroes de las revistas, que no pueden alcanzarse con las manos, sino un héroe con el que se podía jugar, al que se le podía abrazar y conocer.

Por momentos, él parecía una firme columna, pero no por ser indiferente, sino porque estaba donde se lo necesitaba. Los niños podían ir a su casa para hablar con él cuando se sentían tristes o cuando necesitaban ayuda. Las puertas de la casa del Gigante estaban siempre abiertas.

El se encargaba  también de organizar fiestas y competencias infantiles para diversión de grandes y chicos; las calles de la pequeña ciudad desaparecían entre tanta gente que participaba. Había carreras de autitos que se deslizaban velozmente, construidos por los niños y sus papás. Fue el Gigante feliz.

Pero quizás hoy el Gigante continúa entre nosotros; quizás su espíritu ronde por cada uno de los árboles del Parque haciendo sonar su silbato y, otra vez, vestido de azul...

Porque él quiere acercarse a todos los niños y que alguno, cualquiera de ellos, lo llame:

- “¡Maestro!... ¡Maestro!

Mirna Barbareschi (Escrito el 13 de agosto de 1995)

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