DEL PLAZA AL MONUMENTAL, DOS HISTORIAS DE VIDA JUNTO AL CINE

Varón Villar y Alberto Frau cuentan en primera persona de qué se trataba ser parte de los cines de nuestra ciudad.

Cosas Nuestras 07 de septiembre de 2020 juan carlos juan carlos
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En un ejercicio de imaginación, esta nota pretenderá ir caminando desde el Cine Plaza hasta el Monumental Sierras, siempre por la vereda norte de la Belgrano, sin buscar detenernos demasiado ni en El Obelisco, ni en Majo; tampoco es cuestión de quedarse a picar algo en lo del Turco Juan. La idea es ir de un cine al otro montados en los recuerdos de dos personas que los conocieron bien de adentro.

De eso se trata esto de charlar con Varón Villar y con Alberto Frau. Uno, prácticamente criado en el Plaza que manejaba su padre; el otro, toda una vida proyectando películas en el Monumental. Ambos, símbolos de una Alta Gracia donde la pantalla grande reinaba en las cuadras del centro.

¿Quién empieza? Que sea Varón, hablando de cómo su padre compró el Plaza, allá por los años 50: “Se lo compra a Bossi, Crespi y creo que también lo tenía Amiune. El edificio lo construyó el Ingeniero Gordillo, exclusivamente para cine y para el bar que estaba al lado. Del hall del cine se pasaba directamente a la confitería El Obelisco. Mi papá lo compró sin una moneda. No era un empresario con mucho capital. Llegó desde Chaco con su madre y sus hermanos por cuestiones de salud. El vendía terrenos en La Paisanita. Tuyo su espíritu emprendedor y compró el cine e hizo la operación a pagarlo con lo que diera la sala”.

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Varón Villar creció conociendo por dentro el Cine Plaza.

Allí nomás recoge el guante Alberto para contar de su experiencia en el Monumental: “Estuve 27 años trabajando en el Monumental. Tenía casi 18 cuando empecé y 45 cuando me fui. Entré nene y me fui hombre. Era operador cinematografista. La profesión me la enseñó Bruno Parisi que fue mi maestro. El estuvo prácticamente desde que se inició el cine y yo tomé su posta”.

De paso, recuerda a algunos de sus compañeros de trabajo: “Pepe, por supuesto, que fue un histórico del cine; Severini, De la Rúa que era el administrador, antes fue programador; Don Braulio Pérez que era el administrador, fue el primer jefe que tuve, un tipo fantástico”.

Eran tiempos en que las películas se estrenaban en Buenos Aires, al tiempo en Córdoba capital y luego de tres o cuatro meses recién se podían traer al interior. Así eran las reglas. Eran dos películas porque así era la programación.

“Cuando traías una película de cartel, trabajabas a porcentaje de boletería. Y traer esa película al porcentaje que imponía la compañía distribuidora, significaba que vos tenias que alquilar para el resto de la semana una o dos películas de menor cartel de esa misma compañía”, cuenta Varón.

“Las películas normales tenían un costo fijo. Las importantes ibas un 60 - 40 con la distribuidora” reafirma Alberto.

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Alberto Frau, una vida en el Cine Monumental.

A sala llena

En la historia de ambos cines hubo muchas películas que se proyectaron a sala llena.

Villar recuerda, por ejemplo, “Los Diez Mandamientos”, o “Lo que el viento se llevó”. Alberto no puede dejar de mencionar “El Paraíso Viviente”, o “Titanic” (tal vez la última sala llena del Monumental)”.

Pero las grandes superproducciones de Hollywood no eran las únicas que llenaban las salas de nuestra ciudad.

“Fue furor la película “El Club del Clan”. Además, fue la primera película argentina que empezaba en blanco y negro y terminaba a color. Era toda una novedad para ese tiempo”, cuenta Varón Villar recordando sus tardes y noches en el Plaza.

“Las películas de Porcel y Olmedo hacían temblar las boleterías. Cada vez que salía una, se trabajaba muy bien”, mete baza Alberto Frau hablando del Monumental que conoció.

Cuando el centro estaba en el centro

La Avenida Belgrano vivía a full cada día y cada noche. Y en ello, los cines tenían mucho que ver. “Eran tiempos donde el centro tenía un movimiento enorme de gente. Salías del trasnoche a las 3 de la mañana y tenías la confiterías abiertas para tomar o comer algo. Cuando había películas a sala llena los sábados, algunos salían unos minutos antes para ocupar mesa en Stuttgart o San Remo, porque si esperaban, se quedaban sin lugar. Así era el movimiento de sábado”, dice Villar.

“Para que te des una idea, hubo películas que la cola de gente llegaba hasta la esquina frente a la farmacia Olsina y daba la vuelta. A veces se hacían dos colas porque había dos ventanillas. Alguna vez se cortó el tránsito en la Belgrano por los autos que llegaban con gente al cine”, agrega Frau.

 El señor Tijeras

Ambos vivieron en “sus” cines tiempos de censura. ¿Cómo se convivía con ese tema?

“Mucho no se podía hacer, las películas ya llegaban cortadas y así tenías que pasarlas. En algunos casos, películas que hoy las ves en su versión original, y hasta te dan risa de tan inocentes que son”, dice Alberto Frau.

Coincide Varón Villar: “Ya venían pasadas por la tijera, no sólo por temas sexuales, sino por cualquier cosa. Las de Isabel Sarli venían con escenas bastantes explícitas, aunque siempre había algo que las tapaba. Ya venían cortadas desde el órgano censor donde estaba Paulino Tato. Por ahí alguna se le pasaba, pero casi ninguna. Y había algunas que ni siquiera entraban en el circuito como “Ultimo Tango en París”.

 El cine, una vida

Varón Villar rememora sus días vividos a pleno en el Plaza, recordando a los protagonistas de tantos años: “Alberto Oviedo, portero y acomodador, que estuvo hasta los últimos tiempos. José Martín, operador. Basualdo que también hacía de operador. Carminatti, que junto a su hermano, eran acomodadores. Yo hice de todo en el cine, hasta de acomodador”, dice con nostalgia.

Para Alberto Frau, los recuerdos van de película en película nombrando a Marcello Mastroianni, Marty Feldman, Gerard Depardieu, Catherine Deneuve, Vanessa Redgrave, (inolvidable haciendo el papel de reina de Inglaterra) o Alfredo Alcón.

Varón vivió su infancia y su juventud en el Plaza y tuvo que aprender a no contarle el final de las películas a sus amigos.

Ambos, son historia viva de los cines que engalanaron una época gloriosa de nuestra ciudad.

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Historias y anécdotas de la gran pantalla plateada

“En el Plaza estaba el escenario y la pantalla. Atrás de la pantalla estaban los parlantes. Para la proyección en cinemascope hubo que adelantar la pantalla para que puedan apreciarse los efectos. Hubo que correrla y volver a pintarla en color plata” (Varón Villar)

 “Las publicidades venían en un rollo aparte. La agencia de publicidad pagaba al cine para que las pasara. Casi el sueldo de un empleado se pagaba con eso” (Alberto Frau)

“Los muchachos que estaban de guardia en el Sanatorio se hacían una disparadita al cine para acortar un poco la noche, luego salían y seguían la guardia. Si había algún problema, llamaban por teléfono al cine y les avisaban para que volvieran corriendo” (Alberto Frau)

“Mi padre cuando le alquila la sala a Busso, le vende las butacas y las máquinas proyectoras del Plaza. Por eso, cuando el Monumental se iba quedando con menos butacas por rotura, las fue reemplazando por las verdes del Plaza”. (Varón Villar)

“Uno de los que actuó en el cine Plaza, cuando era desconocido, fue Horacio Guaraní. Mi papá lo contrató y lo trajo. Creo que había 10 o 15 personas, no más de eso. Guaraní igual cantó para los que estaban, como todo un profesional”. (Varón Villar)

“No siempre la calidad artística iba de la mano de la boletería. “Señoras y Señores, buenas noches”, con Marcello Mastroianni por ejemplo, fue una gran película que sin embargo tuvo taquilla cero. No anduvo con el público”. (Alberto Frau)

“Era muy difícil a veces traer lo que uno quería. Era todo negociar. Cada compañía cinematográfica tenía su oficina en Córdoba (Paramount, Twenty Century Fox, la Rank). Había que negociar con ellos y así ibas ordenando la semana y el mes. Por lo general programábamos con dos meses de anticipación. Cuando eran películas a porcentaje venían y te controlaban las entradas con un cuentaganados y a la noche hacías el bordereaux y se liquidaba la plata”. (Varón Villar)

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Por sus salas pasó la historia de una ciudad con vida propia

A lo largo de los años, el Cine Teatro Monumental Sierras -y en menor medida el Plaza- no sólo fueron el centro de atención de los cinéfilos. También albergaron en sus entrañas infinidad de eventos que más de una vez repletaron su capacidad.

Música, teatro, ballet, conferencias, ceremonias de entrega de diplomas, fueron algunas de los ingredientes que fueron conformando un cóctel cultural que puso a Alta Gracia en lo más alto de su nivel artístico y social.

Por sus escenarios desfilaron artistas como Horacio Guaraní, escritores como Jorge Luis Borges o políticos como Néstor Vicente. Se escuchó poesía, se habló de filosofía y se debatió sobre Derechos Humanos.

Pero también desfilaron año tras año los sueños de todos aquellos pibes que terminaban su secundaria e iban a recibir sus certificados luego de cinco años de esfuerzo y dedicación.

Algunas veces fueron academias de ballet las que poblaron sus tablas. Otras, cantantes locales que comenzaban a trascender fronteras, como Los Runa.

Fueron escenario de obras de teatro cuando en Alta Gracia, de tanto que teníamos, hasta había un grupo estable de teatro que reunía a actores aficionados y a colegios que aprovechaban las funciones para recaudar fondos.

Los cines fueron, sin lugar a dudas un centro de reunión para mucho más que disfrutar de un par -a veces- buenas películas una tarde de domingo o una noche de sábado.

Fueron lugar de encuentro, punto cero de noviazgos, rincón oscuro para robar besos en las épocas que los besos se daban casi pidiendo permiso.

Refugio de lluvias y de noches destempladas, muchos aprendieron en la oscuridad de sus salas lo que en serio era tener frío. Y los que fueron los últimos años saben que no exageramos en la apreciación.

Por sus salas pasaba la historia social de una ciudad que tenía vida propia, y lo demostraba cada fin de semana. 

Ir al cine siempre fue una ceremonia llena de magia, colmada de códigos para la cual te preparabas.

Si, definitivamente era mucho más que ver una película.

El día que debutaron Los Runa

Los Runa, el histórico conjunto folclórico de nuestra ciudad, también tuvieron su “primera vez” en el escenario del Cine Teatro Monumental Sierras.

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Fue cuando el grupo tenía aún su formación inicial, con seis integrantes. Y allá subieron, a desatar aplausos y ovaciones la noche del 11 de noviembre de 1958 en el marco de una fiesta organizada por los alumnos del Colegio Nacional.

Nunca estará de más nombrar a estos enormes cantores, que iniciaron el camino: Américo y Carlos Moreschi, Toto Valdez, Coco Gómez, Bebe Martínez y Ovidio Yocco.

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