"GUITO" ROSSI: el barrio Sur entre historias y recuerdos

Cosas Nuestras 24 de mayo de 2021 Por juan carlos
César “Guito” Rossi en un personaje ineludible de la ciudad, y especialmente de barrio Sur, el rincón de Alta Gracia que lo vio crecer. A sus 85 años, tiene mucho por contar... y lo cuenta.
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César “Guito” Rossi en un personaje ineludible de la ciudad, y especialmente de barrio Sur, el rincón de Alta Gracia que lo vio crecer. A sus 85 años, tiene mucho por contar... y lo cuenta.

Con “Guito” Rossi uno nunca tendrá espacio para el aburrimiento. Dueño de una memoria increíble, y protagonista de muchos de los hechos que narra, nadie mejor que él para hablar del barrio más antiguo de la ciudad, el barrio Sur. A lo largo de la charla, desgrana recuerdos familiares, cuenta cómo era esa barriada en las primeras décadas del Siglo XX, nombra a personas y personajes y como si esto fuera poco, se da el lujo de confirmar que su abuelo y su padre tuvieron la primera fábrica de fideos que tuvo Alta Gracia.

“Guito” tiene mil historias y otras tantas anécdotas. Pero además es una persona que ama la lectura, dueño de una cultura general envidiable y es producto de “aquella” escuela donde escuchar a los mayores era una ley no escrita que todos respetaban. Con él de guía, nos metimos en un imaginario túnel del tiempo.

Charlar con “Guito” es un desafío al orden cronológico. Son tantos los recuerdos que salen en la conversación que cuesta acomodarlos. Pero... al fin y al cabo, ¿es tan necesario hacerlo? En la soledad de la sala de su casa, “Guito”  nos dice que es joven, que sus parientes directos han llegado a los noventa y pico años. Que su primo “Mundo” está por cumplir los 101 como si nada. Vivió muchas historias, y quiere contarlas. Y a eso vamos.

“Yo puedo contar historias de cuando tenía 10 años porque las viví, y anteriores porque me las contó mi padre”.
Y comienza contando de un viejo peluquero del viejo barrio Sur: “Segundo Paz era uno de los peluqueros de barrio Sur, allá por la década de 1930. Su padre tenía peluquería en calle Arzobispo Castellano al 450 y ahí él aprendió de su padre. Cuando recién aprendía a cortar, llegó por la peluquería un gringo del campo, bastante rudimentario, a afeitarse. Como no sabía, al primer navajazo le hizo un tajo. 

“Dale, dale, dale, que así vas a aprender”, le dijo el gringo. En total le hizo como cinco o siete tajitos, pero el gringo contento de que hubiera aprendido a afeitar con navaja ese pibe que estaba empezando. Con el tiempo llegó a ser un maestro con la tijera. Que la manejaba en forma espectacular”.

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Un tal García

Los relatos van enlazando varios hechos que de no ser porque nuestro interlocutor nos merece la mayor de las
confianzas, pasarían al terreno de la leyenda o el mito urbano. Veamos: “Frente a Hermida estaba la verdulería del “rengo” García. Tenía un defecto en una una pierna que hacía que caminara con dificultad. García trabajaba
también para Barón Biza, y muchos aún lo recuerdan como el cuidador del monumento, cuando éste estaba habilitado al público. Cuando murió Miryam Stefford, Barón Biza mandó a construir el monumento camino a
Córdoba. A mi padre, que trabajaba en la Ford, le encargaron que le soldara una chapa gruesa a la puerta de ingreso, para dejarla sellada y segura”.

Pero la historia recién empieza: “Pasaron unos cuantos años, y decidieron abrirlo al público. La idea era recibir visitantes y así reunir dinero para la escuela. Fue cuando Adriano Carignani le dijo a mi padre: “Atilio, organízate que vas a ir a abrir la puerta que vos cerraste hace tantos años”. Total que fueron con el Ford A, cargaron todo y entre los que fueron estaba yo. Ese día había gente que se notaba que eran de una clase social importante. “Copetudos”, a los que se sumaban vecinos del lugar y curiosos. Yo estaba junto a dos empleados de la Ford, como testigos de todo. Abrieron la puerta y entraron todos en aluvión, en patota. Nosotros mientras todos se
abalanzaban a ver qué había adentro, nos quedamos mirando y entramos últimos. Lo que más me impactó fue el cuadro, con el vestido blanco. Era de cuerpo entero, a tamaño real. No hay forma de olvidarse de eso.
Había un montón de roperos y de cómodas llenas de ropa. Los curiosos empezaron a revolver en los cajones. Como no podíamos llegar por la gente que había, decidimos subir hasta lo alto. Hay una parte que no tenía baranda, pero igual subimos. Al rato bajamos. 

Al llegar abajo, solo estábamos nosotros tres y un cuidador. En el suelo había ropa por todos lados, que habían desparramado los curiosos. Más allá, en otra mesa, estaba la chaqueta y el sombrero de aviadora de Miryam Stefford. La chaqueta estaba extendida, era marroncito claro. La toqué y era de una suavidad maravillosa, con un “siete”, rota, en una de sus partes. Estaba lleno de muebles. Era un mausoleo donde Barón Biza había sacado todo de la casa y lo había llevado ahí. Desde muebles hasta la ropa interior de la aviadora. Todo. Un tiempito después, llevé a mi madre y a un pariente a visitar el monumento. Adentro estaba todo oscuro, y la única iluminación era un farol que llevaba García. En esos pasillos, con una escalera que no veías y con la luz llevada por ese hombre, rengo… parecía el escenario ideal para una película de terror, creeme!!!

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Volvamos al barrio

Las historias que va contando “Guito” nos llevan y nos traen. Desde la del gallego García a quien una medalla le salvó la vida cuando recibió un balazo en el pecho atendiendo su almacén, hasta la enumeración de tiendas y negocios de calle Liniers. Barrio Sur era la cuna de toda la “turcada” que vino a Alta Gracia. Ibas por Liniers, caminando para el sur estaban los Nazar, los Antún, Saieg… donde está ahora la biblioteca municipal, Suaid tenía una tienda con unos enormes ventiladores de techo. Como no podía ser de otra manera, también hubo en aquel barrio Sur de inicios del Siglo XX, lugar para quienes se querían dar un gusto en cuanto a exquisiteces. "Allá por 1910, mi abuelo le alquiló una de las piezas a un italiano, Don Gabucho. Hacía helados con una maquinita a mano, iba a buscar el hielo al Sierras Hotel y luego salía a la calle con un burro a venderlos. Otro italiano hacia chorizos y demás embutidos. Otro, tenía por tradición hacer polenta. Para él, cocinar polenta era
todo un arte. Y por supuesto, las panaderías: En la cuadra de mi casa, entre Arzobispo Castellano y Córdoba, casi llegando a la esquina estaba la panadería de Don Pedro Rivero, que los domingos junto a Doña Rosa, su mujer, hacían unas empanadas que eran famosas en todo el pueblo. Venían hasta del Sierras Hotel a buscarlas.
Unos años más tarde puso su panadería Sánchez, local que todavía funciona como tal casi al lado de la Biblioteca Municipal.

Y así van pasando nombres: el almacén de Idáñez, la carbonería de Sánchez, el bar de “Los Gringuillos”; por supuesto el ramos generales de Hermida; la peluquería cuya dueña tenía dos hijas, una de las cuales se casó con Migue Iriarte, autor de San Vicente Superstar, que andaba en Alta Gracia... Volpi, Fernández,
Marbián, la chanchería de Sibilia...

Actores del pasado de un pueblo que lentamente iba tomando forma de ciudad. Historias de un barrio nacido a partir de los terrenos donados por Manuel Solares que orgullosamente puede adjudicarse ser el más antiguo de Alta Gracia. 

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La Casa de los Rossi

En Liniers al 400, los Rossi tenían (tienen) sus dominios. Allí, en esa sucesión de piezas al estilo chorizo, tan tradicionales por aquellos tiempos, funcionó -por ejemplo- la primera estafeta postal de la ciudad. Todavía hoy lo certifican los hierros que servían para el mástil de la bandera que ondeaba cada día en su frente. El abuelo de “Guito” era zapatero de profesión, pero desde que llegó de Italia hizo de todo para ganarse la vida. Entre otras cosas, puso la primera fábrica de fideos que hubo en el pueblo. Fue allá por la década de 1910. Fabricaban los fideos y tenían una jardinera. con la que salían a venderlos por la ciudad y por toda la zona, llegando incluso a Bajo Grande, Bajo Chico y Rafael García. Una de las piezas la usaban de depósito. Tiene aún hoy el piso -de tablones de madera- hundido por el peso de las bolsas de harina. Eran enormes, eran bolsas de 90 kilos.

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Eran tiempos en que venderle fideos a un criollo era algo complicado. Por entonces, carneaban una vaca y muchos cortes y achuras se regalaban. Poder progresar vendiendo fideos por entonces, no era muy sencillo que digamos. Tal vez por ello, la fábrica se vendió en 1918 y la familia Rossi vivió de una zapatería que se instaló en la hoy calle España, media cuadra antes de llegar a Liniers.

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