La lección de piano. Por Cristian Moreschi

Siguiendo con escritos de periodistas y amigos de Alta Gracia, hoy nos toca reflejar lo que alguna vez publicó Cristian Moreschi en uno de sus libros "Caminos de la Historia". Gracias Cristian por permitirnos compartirlo.
Literatura altagraciense05 de julio de 2024juan carlosjuan carlos
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Siguiendo con escritos de periodistas y amigos de Alta Gracia, hoy nos toca reflejar lo que alguna vez publicó Cristian Moreschi en uno de sus libros ("Caminos de la Historia 2"). Gracias Cristian por permitirnos compartirlo.

LA LECCIÓN DE PIANO

Un niño a caballo avanza despacito buscando una casa entre las montañas. Era otra Alta Gracia. Era la Alta Gracia de ayer, con más sueños que historia, con más campo que casas. En medio de ese paisaje, la figura del jinete se recorta entre la arboleda.

Tiene que ver a un señor. Sabe que la reunión es importante; se lo ha dicho su padre y debe ser puntual. Además de portarse bien y mantener el silencio necesario, deberá escuchar con atención todo lo que se le diga. 
Esa primera cita iba a repetirse. Los años marcarían la dimensión de su trascendencia: aquellos encuentros dieron categoría a su pasión por la música y le otorgaron un lugar en nuestra historia.

Juan Alberto Montamat, “Nani” como le decían familiares y amigos, fue el único alumno que tuvo Manuel de Falla en los cuatro años de autoexilio en Alta Gracia. Era el tercero de los cuatro hijos que tenía el matrimonio formado por Enrique Montamat, maestro de escuela y Yolanda Viel, ama de casa y profesora de piano.

Juan Alberto creció respirando música clásica. En su casa natal de San Martín 125, los grandes compositores se le fueron metiendo en la cuna y en el alma. Tenía tan solo 5 años cuando, colgado de la pollera de su madre, le imploró que le enseñara a tocar el piano. Y así empezó.

Pero las lecciones más importantes estaban por venir.

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Su papá, hijo de españoles, y con inclinaciones republicanas, había tenido alguna relación con el Maestro; en una oportunidad en que tomaban el té le comentó que su hijo tocaba el piano, a lo que él respondió: “Tráigalo, quiero escucharlo”.

A Nani, la polio le había afectado la pierna derecha y su padre le había comprado un caballo a los 8 años, que él había bautizado “Ñato”. Así fue como un día desde su casa, trepado en su alazán, se fue al trotecito liderando su aventura, cruzando distancias y monte, para buscar aquel chalet escondido en el sector más alto de la ciudad.
Su propia historia empezaría a escribirse también en aquellas primeras clases.

María del Carmen, la hermana del Maestro, lo hacía pasar. El se comportaba bien; sabía que no había que molestar al compositor, quien hacía un culto de la paz y la tranquilidad.

Le daban un vaso de leche que tomaba únicamente por respeto y comenzaban las indicaciones.

La primera quedó guardada para siempre: Falla lo sentó frente al piano y le enseñó una sonata de Mozart. Desde ese día, las prácticas se sucedieron. Apenas ponía los dedos en el piano, ahí nomás Falla le hacía algunas indicaciones. A veces asentía con la cabeza, otras escuchaba pacientemente, pero siempre se mostraba muy amable y atento.

Juan lo miraba y pensaba qué tendría de especial ese hombrecito enfermo, bajito y diminuto, para que fuera tan admirado y respetado por todos.

“Nani” fue el único alumno que Manuel de Falla tuvo en su vida.

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