EL TEMPLO DE LA MÚSICA: CULTURA Y AMISTAD

En el Día del Folclore, nada mejor que recordar a este verdadero baluarte de la música, la camaradería y la cultura de nuestra ciudad. Ir a lo del Zurdo Quintana es entrar a un mundo mágico del que no se puede salir nunca más...

Cosas Nuestras 22 de agosto de 2020 juan carlos juan carlos
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Trasponer la pesada puerta corrediza para entrar a lo del Zurdo Quintana significa casi dejar el terrenal mundo de los problemas, la grieta y las discusiones, e ingresar en un territorio distinto, pleno, casi mágico.

“El Templo de la Música” es mucho más que un boliche para cantar, tocar la guitarra o comer un asado. Es un sitio que su dueño ha logrado construir en base a valores que se cimentan en la amistad, en la pasión. Refugio cada viernes de cantores y músicos y noctámbulos, a quienes entran una vez les cuesta no volver. Allí se respira historia, cultura pura, se siente en el aire que hay una mística diferente a cualquier otro sitio. Es difícil entender el ambiente de este último reducto bohemio de Alta Gracia, si no se ha estado allí al menos una vez.

En El Templo conviven distintas generaciones de cultores de la música. Voces nuevas junto a gargantas gastadas, pero todas con la misma pasión, el mismo amor por el canto.

En el aire se siente el respeto hacia el que brinda su canción a los demás; y ese respeto vuelve hecho melodía desde quienes se suben a un imaginario tablado. Al Templo van los que brillaron en grandes escenarios, los que animaron peñas memorables, y también los que disfrutan de cantar por cantar. Una hermosa mixtura.

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Realismo mágico

Entrás al boliche y te recibe un cartel de bienvenida. Artesanal, hecho con madera, pintado, y ubicado entre mil cosas que cuelgan del techo y le dan marco a lo que es el interior del lugar. Das unos pasos y te saluda Aldana, la nieta del Zurdo, que atiende la barra. Caminás entre las mesas y es todo amistad, todo saludo cordial. Te conozcan o no, te hacen sentir como en tu casa.

Sus parroquianos cada viernes dan rienda suelta a sus sentimientos, a través de la música. Allí lloran, ríen, comparten penas y alegrías al compás de una guitarra. O dos. O tres... porque el que quiere hacer sonar una bordona no tiene ni que pedir permiso.

La historia de “El Templo” se remonta a 1998. Que lo cuente el Zurdo: “Yo estaba sin laburo, había probado tener un bolichito en La Bolsa. Estuve un año, y me gustó, así que decidí probar acá”.

Antes, el Zurdo Quintana había trabajado en la curtiembre del Chino Maure y de Murillo, allá en Villa Oviedo. Cuando se quedó afuera, no lo pensó mucho: "Me gusta la guitarra, -dije- por ahí me va bien. Y empezó a venir la gente, y a no irse más… (risas)”

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En un principio, el boliche era más chico. Solo el lugar que hoy ocupa el mostrador y una pieza pequeña adelante. Con el tiempo y mucho esfuerzo fue ampliándose.

Cuando todo arrancó, no tenía ni nombre. Fue el Bicho Velázquez -uno de los hijos dilectos de El Templo- el que lo bautizó. “Al principio parecía jocoso, pero fue tomando identidad y ahora al boliche todos lo conocen por este nombre”, agrega Américo Moreschi, amigo del alma del Zurdo y habitante fiel de cada viernes.

En las paredes, fotos, afiches, viejos almanaques. Recortes de diarios autografiados se mixturan con el techo donde cuelgan tijeras de tusar, ponchos, faroles a querosene, guitarras, cucharones de bronce, herramientas oxidadas, pavas, llaves... y a los costados, paredes desgastadas por el tiempo, pero felices de saberse las guardianas de dos décadas de cultura en estado puro. “Donde estaba la curtiembre era un viejo almacén de campo, cuando cerraron quedó un baúl lleno de cosas y herramientas viejas. Lo iban a tirar y yo lo guardé. Luego he ido juntando, soy de juntar cosas”. Así es El Templo. Entrar allí es un pasaje sin regreso al culto por la amistad y la pasión por la música. Y una vez que entraste, no querés salir nunca más.

 Pero... ¿quién es el Zurdo Quintana?

 El documento delata, entre otras cosas, que el Zurdo en realidad se llama José Héctor Quintana, y que tiene 82 años.

La memoria popular lo ubica como una de las grandes guitarras que ha tenido y tiene la ciudad. Abrazó la música desde siempre, y nunca le aflojó a una pasión que incluso le transmitió a Gabriel, su hijo.

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A lo largo del tiempo, el Zurdo Quintana tocó junto a verdaderos mitos de la guitarra y de la música de Alta Gracia como Pocholo Fernández, Pedro Olmedo o Julio Bazán, por solo nombrar a algunos. Además, a su turno, acompañó a todos los cantores de Alta Gracia, e incluso a foráneos, como Argentino Ledesma cuando cantó en el Sierras Hotel, o Jorge Sobral en Colectividades, cuando le hizo el apoyo musical junto al “sordo” Eduardo Ortíz en el bandoneón.

Nombres, voces, historias...

A lo largo de veintidos años de vida, El Templo de la Música ha sabido convertirse, por decisión y convicción en un auténtico bastión cultural de la ciudad. “Al principio me enojaba, porque venía gente que quería jugar al naipe, y no puse el boliche para eso. Les fui haciendo entender que esto era para la música y asífue creciendo”.

Muchos de los personajes que pasaron por El Templo están retratados en sus paredes. Otros, han quedado en la memoria de los viejos parroquianos, que no dudan en nombrarlos. Así, en la charla, van surgiendo nombres como los de Omar Lobos, Beto Serradell, Ballesteros, Miguel Avalos y el Gringo Lavenia, los primeros asadores... El Gato Liva, el Loro Heredia, Tito Nieto, Electrón Rodríguez, el Flaco Albella, César Silva, Félix Irarte, Pedro Peña, César Molina, el Turco, Cacho Olmedo (otro que tocaba muy bien la guitarra); algunos, compañeros de andanzas del Zurdo. Otros, simplemente amigos.

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Hoy, algunos de los “históricos” siguen teniendo una cita ineludible cada viernes. Entre ellos Paulino Quinteros, o Américo Moreschi, “me trajo por primera vez el Bicho, y no me fui nunca más”; O el enorme Oscar Cuello, que a los 86 años canta con pasión y emoción inigualables. Ellos, junto a Gaby Quintana, o a Rubén Morcillo que desgrana sentimientos en cada canción; o a Darío Cobo, que cada viernes despliega su voz increíble.

En todos ellos se descubre el gozo por lo que están haciendo y la pasión puesta al servicio de la música, que en denitiva, es su vida.

 Anécdotas, historias

Conversar con los parroquianos de El Templo es nutrirse de historias, de anécdotas. Recorrer pasajes del pasado (y el presente) musical de la ciudad.

Mientras te sirve un matambre exquisito, el Gringo Lavenia te cuenta de los años que conoce al Zurdo; Oscar se ríe cuando Américo recuerda la noche que hubo un temblor y todos salieron al galope del boliche. Paulino Quinteros se prende otro cigarrillo y mira desde una de las mesas del costado. Aldana pasa llevando un sifón (de los de vidrio, como debieran ser todos los sifones) en una mano y una botella de tinto grueso en la otra. De fondo, el zurdo toma la guitarra y es ahí cuando... todos hacen silencio. El dueño de casa tiene algo que decir con esas cuerdas tan llenas de música. Y es cuando se prende “otro” zurdo, a quien todos conocen como “Kerby”. El aire vuelve a preñarse de canciones. Un tango, quizás un bolero. “Cantá Pasacalles”, pide Oscar Cano. A veces hasta suena un tema de Sandro (¿por qué no?), alguien saca de la manga una milonga uruguaya, un recitado, o una zamba que parecía olvidada.

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Así es la cosa, que de tan anárquica termina siendo hermosa, entretenida, variada y a la vez sostenida por todos con respeto. Porque el respeto es otra de las características. “El que se anima, canta. Cada uno como sabe y puede, y al que sabe poco, se le indica y debe respetar las indicaciones”, dice el Zurdo que -por las dudas- tiene a mano siempre una campanita que hace sonar cuando alguien desatiende al que está tocando o cantando.

“Es un lugar mágico donde uno viene a encontrarse con gente maravillosa que está en la música desde hace muchísimos años. Acá se conjugan las generaciones y es lo más maravilloso que tiene. La música une estas diferencias y hace de El Templo un lugar con mucha mística”, dice Darío Cobo resumiendo lo que significa este particular sitio.

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El Templo no está en el centro. Ni siquiera en un barrio “a mano”. No tiene lujos ni los pretende. Si estuviera en San Telmo, estaría lleno de turistas japoneses o brasileños. Menos más que lo tenemos en Alta Gracia, y podemos disfrutarlo.

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