HOTEL RICHMOND, UN LUJO EN PLENO CENTRO DE LA CIUDAD

Cosas Nuestras 27 de septiembre de 2021 Por juan carlos
Alta Gracia, en la primera mitad del siglo pasado, tuvo muchos hoteles. De todo rango y categoría. Esta es la historia de uno de ellos.
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Alta Gracia, en la primera mitad del siglo pasado, tuvo muchos hoteles. De todo rango y categoría. A partir del Sierras Hotel, y con el auge del turismo de todo tipo, la ciudad se vio obligada a tener distintos establecimientos para recibir y acoger a los visitantes. El Hotel Richmond de uno de ellos. Y de los más renombrados e importantes.

Para conocer la historia y algunos pormenores del Hotel Richmond tendríamos, hay que ir atrás ya más de un siglo. Escenario: Alta Gracia como meca del turismo salud tiene su servicio de trenes que la unen con Buenos Aires. Y a bordo de “El Serrano” llegan turistas buscando sol para su piel y aire para sus pulmones.

En ese contexto, la Villa tiene algunos establecimientos, a los cuales se les irán sumando otros. Y es acá donde entra en escena el Richmond. Al decir de Ferreyra Barcia, en su escrito sobre la historia de Alta Gracia, “Alrededor del año 1920 inician sus actividades dos nuevos hoteles, el “Italia” de don José Del Bocca que se instala en la calle Belgrano, donde actualmente se encuentra el gran edificio del Supermercado Becerra y el otro, el “Richmond”, en calle San Martín, de propiedad de un francés llamado Antonio Larroux que algunos años después pasa a manos de don Juan Doulout, que también era propietario del famoso “Sierras Teatro”. Cuando era de Larroux, era el Hotel “Francés”, luego fue el “Sportsman”. Recién unos años más tarde adoptaría el nombre de “Richmond”.

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Con el correr de los años...

Transcurrido un tiempo, el hotel es comprado por la empresa textil porteña “Piccaluga”. Y nosotros encontramos la punta del ovillo para seguir contando su historia.

Para ello, recurrimos a la memoria de Andrea Speroni. “Lo que puedo contar lo sé por lo que me contó mi mamá. Mis padres eran nacidos en Buenos Aires, hijos de inmigrantes italianos. Su familia tuvo una fábrica textil llamada Piccaluga que durante la época de la Segunda Guerra Mundial exportaron para Italia ropa para el ejército. Aquella circunstancia hizo que trabajaran muchísimo y crecieran. Hicieron mucho dinero y compraron casas, campos y hoteles, invirtiendo en todo el país. Entre ellos, compraron el Hotel Richmond de Alta Gracia”.

Andrea hace un alto y recuerda a sus padres y el motivo por el cual, habiendo tantos lugares, terminaron recalando en nuestra ciudad. “ Mi padre se llamaba Jorge Augusto Speroni y mi madre Lía Noema Rodolfi. Mi padre, a los 24 años se le declara asma y la familia le asigna hacerse cargo del hotel en nuestra ciudad y de
paso reponerse. Era el año 1947”.

Total que Jorge y Lía se casaron un lejano 9 de octubre de 1947 y recién casados se vinieron en tren a Alta Gracia, trayendo todas sus cosas, incluido un auto. “La versión es que cuando llegaron, acá había nada más que cinco autos en todo el pueblo. Todas calles de tierra y les causó mucho impacto. Traían un Ford A del treinta que luego lo cambiaron por un modelo más cerrado. Se hicieron cargo del Hotel Richmond, que ya venía trabajando desde hacía unos cuantos años”.

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Historias dentro de la historia

Por aquellos años, los primeros amigos que hicieron fueron vecinos como los Najle que vivían en la misma cuadra del hotel, y los Hagopián, que tenían su hogar a la vuelta. También ellos inmigrantes, por lo cual se hicieron muy amigos. Estando al frente del hotel, nacieron Jorge y Lise, los hermanos mayores de Andrea.

Apenas llegado, Jorge Speroni se conectó con la Asociación de Hoteles de la ciudad, y en especial con el Sierras Hotel. Pronto Alta Gracia lo tuvo como protagonista de distintos eventos sociales de la ciudad. ¿Cómo era el hotel?

“Al poco tiempo de llegar, al hotel lo pintaron, lo remozaron y lo embellecieron. Mi mamá le escribía a mi abuela todos los días contándole el día a día del hotel. Le contaba, entre otrascosas que habían ido a ColoniaCaroya a comprar vinos para el restaurante”. Es que el Richmond, además de brindar alojamiento, tenía un afamado restaurante, con un bar de los que no existían por estas tierras.

“Los dos trabajaban a la par en el hotel. Ella hacía de todo. Desde coser cortinas y manteles hasta administrar los números del establecimiento”, sigue contando Andrea.

El hotel tenía quinta de frutales, una huerta y hasta un gallinero. Habían organizado el bar del hotel. La gente local no estaba acostumbrada al vermuth, pero los turistas si lo sabían aprovechar. Era un hotel muy familiar. Venían matrimonios, familias amigas que pasaban juntas las vacaciones en Alta Gracia.

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Y con los turistas, llegan las anécdotas. Como la ocurrida durante un carnaval, en plena época peronista, cuando le habían cerrado el bar en plenas fiestas porque no se permitía la venta de bebidas alcohólicas. Incluso habían detenido a un tal Pastoni, que era el encargado del bar.

El Richmond tenía alrededor de 37 habitaciones. Ocupaba el lugar que desde donde hoy termina Morydi (por entonces Ferrari, Chavero y Bestonson) por calle San Martín, hasta casi la mitad de cuadra. Andrea sigue recordando historias del hotel que escuchó de su madre: “En el hotel se hacían fiestas y bailes porque tenía un
salón grande para eventos sociales. Había una vitrola para amenizar con música. Amigos y vecinos por ejemplo
los Schaffer, que tenían su propiedad al frente, en la esquina de San Martín y Belgrano organizaron fiestas familiares en sus salones”.

La historia de la familia Speroni, relacionada al Hotel Richmond duró aproximadamente una década. “Mis padres tuvieron el hotel desde 1947 hasta 1956, que lo vendieron”. A lo largo de ese tiempo, hubo unos cuantos capítulos que marcaban también la época. Los cuenta Andrea: “Cuando mis padres vinieron a Alta Gracia, en el tren les robaron muchas de sus pertenencias, entre ellas el traje de novia y muchos de los regalos. Llegaron desde la gran ciudad a una Alta Gracia de calles de tierra y no más de cinco autos. Uno de Enriqueta Magors, otro de la familia Guevara Linch, uno de la policía, un Nash de Don Juan Rossi y otro del Sierras Hotel. Y el de mi papá. No mucho más. Era otra Alta Gracia, que en pocos años cambió muchísimo en todos los aspectos. Para ellos, sobre todo para mi mamá fue un cambio muy brusco venir a Alta Gracia desde Buenos Aires. Mi padre en cambio se enamoró de esta ciudad, acá la pasó siempre muy bien.

Luego de la venta, el Richmond continuó funcionando unos cuantos años más. Los vaivenes económicos del país se reflejaron en la ciudad, y los hoteles los sufrieron en carne propia. El Richmond no fue la excepción.

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