
El común denominador de los lectores se preguntará quién diablos fue Angel Noé Palacios. Pues bien, en Cosas Nuestras se lo vamos a contar.
Recordando a Cecilio Luna.
Personajes20 de agosto de 2021Armar el rompecabezas de la vida de “Jololo” Luna no es tarea fácil. Pasaron muchos años, los recuerdos se borran, las fotos se pierden y los testigos se van más allá del Crucero.
Su libreta de enrolamiento nos permitiría conocer que se llamaba Cecilio Luna. Todo un personaje, que en el deporte trascendió en el boxeo, cuando Alta Gracia tenía festivales en los salones del Sierras Hotel y había unos cuantos que “le hacían” a los puños enguantados.
Cuenta su hijo Pablo: “Papá iba junto con el siglo, nació en 1900, el 28 de diciembre y falleció joven el 2 mayo de 1968”. No era de Alta Gracia. Pablo nos cuenta: “Vino de Mendoza, luego de un terremoto. Llegó huérfano de padre, con 8 o 10 años, al poco tiempo falleció la madre. Lo crió gente de acá. Vivió en varios lugares”.
¿Cómo era Jololo?
“Como laburante, era un todo terreno. Pero donde más trabajó fue en las canteras, en las minas de cuarzo y de mica y feldespato. Yo lo acompañaba de chico a las canteras que estaban más allá del Observatorio. “Trabajó en muchas cosas. Una vez, iba en un avión largando panfletos para una elección. Total que el avión se cayó y se salvó de milagro”.
Mil trabajos y también mil anécdotas: “Fue chofer de Barón Biza. Conoció a Miriam Stefford. Contó que se fue enojado con Barón Biza porque un día, en Córdoba, le tocaba llevar de paseo a la esposa de Barón Biza. Ella hizo que parara para bajar al perro para hacer sus necesidades. Hasta ahí, todo bien. Cuando el perro había terminado de hacer sus necesidades, le alcanzó papel para que le limpiara la cola al perro. Ahí fue cuando se rechifló, le dejó el auto en pleno centro de Córdoba y se fue. Así era él. Era pacífico pero tenía sus límites”.
El padre, el amigo
Jololo era un tipo de contrastes. Capaz de ser un recio peleador arriba del ring, se distinguía por su simpatía y su cariño en su vida privada. “Tenía un carácter muy lindo. Siempre andaba contento, nunca lo conocí triste. Era muy cristiano… aunque algunos mandamientos no los cumplía, pero bueno… Nunca decía malas palabras”.
“Cuando el viejo había salido de calaverear y venía muy en falta, y llegaba tarde a la noche, pelaba el bandoneón y le daba una serenata a mi vieja. Le golpeaba la ventana y le decía “serenata, mi amor” y ahí le tocaba. Mi vieja terminaba perdonándolo y le abría la puerta”.
Jololo, el músico
“En casa había dos árboles hermosos que daban buena sombra. Ahí, los martes y jueves, se juntaba con su conjunto a ensayar, luego de trabajar. Tocaba el bandoneón y por ahí se le animaba a cantar también. Tenía una orquesta, que tuvo hasta que falleció. Con un tal Gallardo, Lucero (que tocaba clarinete) y García que tocaba el violín”.
Subamos al ring
Hablemos ahora de él como boxeador. Grandote, un peso pesado por excelencia. “Siempre fue un fortachón, que trabajando en el campo, alguien lo vio y le dijo “vos tenés que ser boxeador”. Y así como estaba, le pusieron unos guantes y lo subieron a un ring”, rememora Pablo, su hijo. “Me pegaron una paliza de aquellas. Tuve que tomar la sopa en bombilla. Pero mientras estaba en la cama, ahí decidí que iba a ser boxeador”, dice Pablo que le relató alguna vez su padre. Peleó acá, en Mar del Plata, en Rosario, en Villa General Belgrano (“con un alemán en una pelea hermosa, donde se fajaron los dos. Ganó mi viejo”), en Córdoba…
Contaba de las peleas que tuvo, que ganó algo de dinero, pero que le alcanzó para andar viajando”. Bohemio, andariego, músico, minero, padre cariñoso, amigo leal, boxeador rudo. Todo eso fue Cecilio Luna a lo largo de sus 68 años de vida.
Un mendocino de nacimiento, altagraciense por adopción que dio que hablar en nuestra ciudad allá cuando el siglo veinte promediaba. “Un espíritu libre”, resume Pablo, su hijo, a la hora de definirlo.
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