Daniel Braconi: El acordeón mayor de la ciudad

Recorrió buena parte del mundo con su música.

Personajes 23 de abril de 2023 juan carlos juan carlos
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El “Gringo” Braconi es todo un personaje, de eso no cabe duda. Pero además es un músico de alma que durante más de siete décadas paseó su arte por la provincia, el país y el mundo. Fuimos a verlo por una nota, y nos terminamos quedando con su fabulosa historia de vida. No te la pierdas.

“Soy un agradecido de lo que la vida me ha dado”, comienza el diálogo Daniel Braconi. Lo que vendría en la la charla daría cuenta de por qué lo dice. La verdad es que fuimos por conocer la historia del Grupo Apolo y terminamos metiéndonos de lleno en la vida de Braconi, una historia que terminó superando lo demás y que es un gusto poder compartir con los lectores.

Sus primeros pasos

“Empecé a tocar el acordeón a los 8 años. Soy nacido en Monte Buey el 20 de enero de 1944. Empecé ahí con un acordeón Settimio Soprani, uno chiquito. Tocaba en las carneadas, en el campo cuando los gringos se reunían y todos se ayudaban entre ellos en las tareas rurales. Te ponían un banco y vos tocabas arriba de ese banco mientras ellos bailaban. Cada carneada era una fiesta.

Yo allá en Monte Buey estudiaba con el Maestro Varela que tocaba el bandoneón; él me enseñó los primeros pasos en la música y empecé a deletrear y a sacar los temas. Me acuerdo hasta de apellidos de los gringos de aquellos tiempos. Un tiempo después fui a vivir a Ordoñez, y allí seguí con las carneadas. Los gringos me regalaban de todo, salames, bondiolas, grasa… la mayoría eran clientes de mi papá en la gomería.
A Ordoñez me fui a los 10 años para terminar la escuela. Recién hubo secundario cuando tenía 15 años. Yo ya estaba trabajando con mi papá en la gomería.

Seguí aprendiendo acordeón con Doña Ema Giménez de Cosutta, que era una profesora de Ordoñez. Los exámenes los tomaban maestros que llegaban desde Bell Ville. Estudié seis años con ella”.

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Las primeras orquestas

Daniel Braconi sigue narrando su historia de vida, y nos apasiona: “A los 11 años formé mi primera orquesta de mayores. Se llamaba Bahía Tropical. La segunda fue Los Americanos. Allá en el campo no sonaban ni el twist ni el rock. Muy pocos boleros, lo más eran tangos, chamamés, foxtrots, rancheras, pasodobles, valses… lo que le gustaba a la gringada.

En esas orquestas le enseñé a tocar y a tocar el acordeón a Juan Carlos, que luego fue el cantor de Apolo. A los músicos los armé yo, les enseñé yo. Bahía Tropical era una orquesta mixta, estaban Olga Giuliani que tocaba también el acordeón, Olga Gaido que cantaba… había que buscar a los pocos que tenían una idea de música.
Tocábamos en los pueblos vecinos: La Laguna, Cayuqueo, Idiazábal, Ordoñez, Justiniano Posse, Monte Buey, Saladillo, Inriville, Los Surgentes, Pascanas. Tocábamos en toda la región. Llevé de Idiazábal un trompetista llamado Ciro Martín, que luego fue el director de famosa Banda Infantil de Ordoñez.

Luego llegaron Los Americanos, que hacíamos música un poco más moderna. Incorporamos el jazz y fuimos lo que se llamó una orquesta de las que se llamaban “característica”. Los bailes eran en las fiestas patrias, en las patronales y en los aniversarios de los pueblos”.

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De Ordoñez a Alta Gracia

En Ordoñez formé mi familia. Allá tenía la orquesta, la gomería y jugaba al fútbol. Me casé a los 19 años y tuve mi casa equipada con todo lo necesario para vivir bien. Lo que no compré, lo fabriqué con mis manos y mi ingenio.

Por cuestiones de salud, mi señora se vino para Alta Gracia y… aquí vinimos con toda la familia. Nos vinimos a vivir a barrio Cámara y se le acabaron todos los problemas. Y así nos quedamos en la calle Italia a vivir y a poner la gomería.

Llegué a Alta Gracia en 1971. Jugaba a las bochas en el Club Los Andes. Además, al fútbol en Sportivo; había cursado en Bellas Artes y también pintaba cuadros y murales. Como estaba en la gomería, nadie pensaba que era músico. Llegué un 24 de setiembre, y el colectivo me dejó frente al Tajamar. Vi un montón de gente y me enteré que era el Día de la Virgen. Hice amigos, y muchos me ayudaron acá en Alta Gracia para instalarme y para levantar mi casa y poner la gomería. El flaco Vissani, los Cabanillas… por nombrar a algunos.

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A todo acordeón

Braconi sigue contando de su vida y su trayectoria: “Acá en Alta Gracia empecé a tocar el acordeón para ganarme unos manguitos. Tocaba en distintos lugares, hasta que fui formando la orquesta que fue Apolo. En realidad, el nombre ya lo traía de Ordoñez. En la primera formación el locutor era Hugo Giménez que fue mi mano derecha. El cantor era Marcelo Merlo (que para mí fue el mejor y el más completo de los muchos que tuve), estaba también su hermano, estuvo Adrián que ahora está con el Gallego Sánchez. Se sumó el negro Jesús Rodríguez, que era de barrio Córdoba. A lo largo de los años hubo muchos, nunca le cerré las puertas a nadie”.

Pero también tiene claro algo, a la hora de los balances: “Con la música hice buena diferencia. Con los bailes en lo que fue la fábrica de vidrio, hice mucha plata. Era mucho laburo, pero rindió, y rindió bien. La música no sólo fue una pasión y un hobbie, sino que me dio de vivir. Nosotros gratis tocábamos para los colegios, para los centros vecinales, como el de barrio Córdoba, a quienes les ayudamos a poner los caños para el agua. En una palabra, yo tocaba gratis cuando yo quería.

Además, el éxito de Apolo era indiscutible. Ganamos el “Argentina Formidable” dos veces. Era un concurso que buscaba orquestas amateurs destacadas en cada provincia. También nos vinieron a filmar del programa “Encuentros” y estuvimos tocando en la explanada del Museo cuando se hizo en Alta Gracia el programa “El Espejo” con Mónica y César Mascetti. Ese día tocamos en vivo. Estábamos Mariana, el Dani, yo, otro más y el Hugo.

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Por el mundo

“Este ballet representó al país. En realidad era un conjunto de 36 artistas entre músicos, directores y bailarines. 
Para ingresar, hubo una selección entre 35 acordeonistas. Una noche estaba tocando con la orquesta en San Nicolás, en Malagueño cuando veo a dos personas extrañas que estaban mirando al escenario todo el tiempo. “Sonamos, son de Sadaic”, pensé (risas). Cuando me bajo les pregunté si les gustaba la orquesta y me dijeron que estaban buscando un acordeonista para el ballet nacional, que iba a haber una selección con músicos de todo el país, y que iba a ser en Córdoba.

Agarré el acordeón y me fui para Córdoba para probar suerte. Había ido con un amigo que me llevó y me acompañó. Eramos 36 acordeonistas el día de la selección. Había de todas las provincias. Cuando me tocó el turno, me preguntaron “¿tango?”, “¿vals?”, “¿cumbia?” y a todo me le animé y toqué. Cuando me dijeron “¿chamarrita?” dije que no sabía improvisar, pero que me pasaran una partitura y la tocaba. Total que lo hice fenómeno y me terminaron seleccionando para integrar la delegación.

Teníamos segmentos que hacíamos música del noroeste, del litoral, de Buenos Aires… Con este ballet y orquesta viajé por muchísimos lugares. Todo lo que es Rusia. Ahí parábamos en Stalingrado que es una ciudad muy particular. Al Báltico le han hecho un calado donde estaban los buques de guerra y ahí tocábamos. Stalingrado es la ciudad del eterno amanecer, no hay noches ni días.

Estuvimos en Varsovia, Polonia. Conocí y toqué en lugares que nunca hubiera pensado estar en mi vida. Conocí países como Ucrania, donde tocamos en Kiev. Un lugar maravilloso con las mujeres más hermosas del mundo. Muchos lugares que formaban parte de la Unión Soviética. Nación pagaba el viaje, y la estadía la pagaba el organizador de los espectáculos.

Estuve en Eslovenia, donde sufrí una parálisis facial que me tomó un ojo. En Suiza me agarró la boca. Más tarde llegamos a Egipto. A El Cairo y luego a Ismailía, donde me atendieron unos médicos que con acupuntura me recuperaron el ojo. En tres días me curaron. Unos días después nos fuimos a Marruecos, donde tocamos en Casablanca.

Fue una experiencia maravillosa que duraba cien días todos los años, durante tres años. Tocamos en casi toda Europa y en muchos otros países del mundo.

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El balance

Apolo fue un instrumento para poder vivir. Tocar en la orquesta nacional fue poder llevar adelante mi pasión que es el acordeón, y recorrer el mundo con eso.

Conocí las pirámides, la torre Eiffel, estuve en Champs Elysées, en el faro de Alejandría, conocí los horrores del Museo del Holocausto, disfruté de los Alpes Suizos, recorrí la casa donde vivió Chopin, en fin… viví experiencias muy fuertes e inolvidables, y todo de la mano de la música. ¡Cómo no voy a estar agradecido a Dios y a la vida!.

La charla terminó viendo cientos de fotos atesoradas en un cajón. Fotos que mostraban cada momento que instantes antes nos había narrado. Recuerdos en papel de una vida plena de arte, de música, de pasión.
Una vida que Daniel, el “Gringo” Braconi nos permitió conocer y compartir con todos ustedes...

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