LUISITO, TU CANILLITA AMIGO

Personajes 09 de septiembre de 2020 Por juan carlos
Hace casi tres años hicimos una nota con el querido Luisito. El diariero de la ciudad, el tipo querible y querido por todos. En su memoria, recordamos lo que fue aquel diálogo donde nos contó su vida.
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Luisito era de esa gente que la conocés desde hace tanto tiempo, que para saber cómo se llama le tenés que preguntar su nombre. Luisito, Luichi, Luisín, no alcanzan. Entonces, te lo dice: “Me llamo Luis Campos”. Da igual, para todos seguirá siendo Luisito, el canillita amigo que todos los días veíamos pasar en su bicicleta tapado por una parva de diarios que iba repartiendo por la ciudad.

“Arriba de la bicicleta, estuve cincuenta años. Empecé a los 16 o 17 años, y dejé cuando tenía 67 o 68 años, que me jubilé”, cuenta orgulloso.

Pero conozcamos más de este hombre humilde, laburador, siempre sonriente. Dejemos que él cuente su vida: “De chico viví siempre en el campo. Primero en la zona de La Lagunilla. Mi papá tenía carnicería con clientes de Malagueño, Falta del Carmen, de toda la ; luego nos fuimos a Punta del Agua, como siete kilómetros para adentro, para la sierra. Mi viejo tenía un carro y como todo era monte, fletaba leña.

De ahí, nos fuimos a Anisacate. A trabajar en el chalet del Dr. Juan Caferatta, donde dieron trabajo y vivienda para toda la familia. Ahí estábamos muy bien, pero durante el verano, en un picnic, a mi papá le dio un ataque de presión, y quedó postrado. No se repuso nunca, cada día empeoraba más. Lo internamos en el hospital, cuando estaba donde está el Comandante Espora. No mejoró nunca, y lo llevamos de nuevo casa, donde falleció.

Con mi madre quedamos en lo de Caferatta un año más, hasta que el patrón le dijo que no había problemas que ella se quedara de casera, pero que nosotros, los hijos, no podíamos quedarnos. Obvio que mi vieja le dijo que se iban todos. Imaginate, yo tenía 8 años y era el mas grande de los tres”.

 Viejo barrio Sur

“Vivimos en Los Talas. Mi mamá consiguió trabajo de auxiliar de cocina en el Hospital y trabajaba en Alta Gracia; nosotros vivíamos con una tía, en el campo y ella viajaba todos los días. O sea, que todos los días, de lunes a sábado tenía que caminar 3 km de ida y otros tantos de vuelta para ir a la escuela.

Al otro año, mi vieja consigue alquilar una pieza por bario Sur, en la calle Liniers 490 y nos trajo a los tres hijos. Terminé la primaria en el colegio La Torre”

Luisito adoptó barrio Sur como “su” lugar, donde viviría más de 20 años y haría su grupo de amigos. “Con un primo que trabajaba en el IAME, fui para ver si podía entrar a estudiar y trabajar. Eramos como 600 y entraban 60, ¡nos bocharon, no salimos ni a los premios!!!”, cuenta riéndose recordando.

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Luis y los diarios

Esta relación nació en la adolescencia de Luisito: “Yo tenía ya 14 años, y andaba jodiendo en la calle, jugando a las bolitas, a la pelota, siempre en barrio Sur. El hijo del dueño de la casa entró a trabajar en la Hostería Lanús, que estaba en calle Catamarca, atrás de la Colonia Santa Fe. Ahí le llevaban los diarios del kiosco de Doña Marina, que estaba en la Av. Sarmiento, cerca de lo que era la terminal, al lado de farmacia Uema (hoy pollería)

Necesitaban un chico para repartir, en tiempos en que se vendían muchísimos diarios por día. Mi amigo me lo ofreció y acepté. Así empecé a trabajar en esto del reparto de diarios.

Y era todo “a pata”, me caminaba todo… durante horas. Estuve más o menos dos años y algo trabajando con ellos. 

A todo esto, a mi vieja, luego del golpe del 55 la echaron del hospital y entró a trabajar en una casa en la calle Urquiza. Yo, harto de caminar, empecé con un señor Botta, en la calle Dean Funes era el encargado de transportar telares a Buenos Aires. Yo trabajaba en el taller y chocho, con horarios fijos y en un mismo lugar”.

Pero eso duró poco. Otra vez, sin laburo, y a la calle. “Tendría 17 o 18 años y la Sra. Marina me fue a buscar, pero yo no quería saber nada. Pero en casa hacía falta la plata y mi vieja me ordenó que fuera hasta que saliera otra cosa. Le hice caso a mi vieja, pero poniendo condiciones: le dije que volvía, pero que me comprara una bicicleta. Y Doña Marina aceptó!!!! Yo chocho, porque amaba las bicicletas".

Historias diarias

De aquella bicicleta no se bajó más, durante 50 años. Trabajó para Doña Marina, para Roberto Favaro, luego por su cuenta y más tarde para el recordado Alfredo Rivero. “En cincuenta años nunca me tomé vacaciones. Los únicos días que no trabajé fue cuando no salían los diarios. Además, varios veranos no vendía diarios, pero con mi mamá y mis hermanos nos íbamos a Mar del Plata a trabajar a un hotel donde nos daban una piecita a cambio de que hiciéramos limpieza y mantenimiento”.

Tiempos en que había muchos diarios, y el reparto era interminable: “En esa época venían a la mañana -tipo sies menos cuarto- por colectivo La Voz del Interior, Los Principios y El Meridiano y a la tarde el Córdoba. Luego, más tarde, de Buenos Aires llegaban en el Tren Serrano La Razón, La Nación, La Prensa, Clarín, Democracia, Noticias Gráficas, Buenos Aires Herald, uno en alemán… y se vendían cualquier cantidad. Los tenía que trasladar en dos viajes”. 

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Luis y su bicicleta, una imagen que se hizo paisaje en la ciudad durante cinco décadas de canillita.

Luisito recuerda eventos que le hicieron vender vender muchísimos diarios. “Por ejemplo cuando un tren de pasajeros que venía del Norte, llegando a Córdoba descarriló e hizo un desastre bárbaro. El diario Córdoba lo cubrió al instante y con detalles, ese día vendimos una barbaridad. También el día que se hacía el sorteo para la colimba, que los diarios sacaban una página especial con ese tema”, recuerda.

Se vendían muchísimos diarios y además, para llevarlos no era fácil porque venían enormes, con muchísimas páginas. “Llovía y había que salir igual, los tapaba con un nailon, y a pedalear”. Cargarlos y llevarlos no era nada sencillo. “A eso sumale las revistas… pero yo estaba chocho porque estaba en bici”

Un millón de amigos

“Salgo a la calle y me saludan miles, pero preguntame cómo se llaman y no tengo idea, es gente que he conocido trabajando. Además, amigos de la vida, como Víctor Pereyra, que todos los jueves me pasa a buscar y salimos a cenar. Son amistades que perduran”, cuenta Luis Campos, al momento de la nota con 76 años y el cuerpo cansado de tanto madrugón y pedaleada.

Luisito vivió sus últimos años en su propia casa, la que construyó luego de pelear por sus derechos como trabajador, y donde habitó con su madre durante más de ocho años: “Con mi vieja viví en esta casa unos 8 años, hasta que falleció a los 83 años. Estuvo bien casi hasta sus últimos días; murió el 19 de diciembre 1995. Fue un golpe duro porque éramos muy unidos. Mis hermanos y yo le habíamos prometido que cuando nosotros trabajáramos, ella no iba a tener que trabajar más, y se lo cumplimos”.

Hincha de River “desde siempre, desde que un día vino a jugar contra Talleres y fui a verlo a Córdoba. Hasta entonces solo eran nombres que uno escuchaba por radio”; Luis además es un amante de las cosas simples. Vive feliz en su casita, saluda a todo el mundo y siempre te recibe con una sonrisa.

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Junto a su madre, a quien acompañó hasta sus últimos días. "Fue una leona, laburó muchísimo".

Lo que fue una obligación terminó siendo su vida misma, ayudado por el cariño que siempre le tuvo a las bicicletas.

“Nunca tuve pareja estable. Claro que he tenido mujeres, pero solo de paso, nunca oficiales. Por decisión mía, ya bastantes quilombos tengo estando solo. Y hasta el día de hoy elijo estar solo y soy feliz en la tranquilidad de mi casa, haciendo lo que quiero, saliendo y volviendo cuando quiero. Ni me sobra ni me falta, y como nunca me sobró nada, estoy acostumbrado”. Simple, ¿no?

Nota: Luis Campos falleció el 15 de mayo de 2018, unos siete meses después que registráramos y publicáramos esta nota. Vaya nuestro homenaje y nuestro recuerdo para un entrañable amigo y personaje de la ciudad

 

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