La Cinta de Agua, una paquetería en bombones

La Bombonería y Regalería “La Cinta de Agua” fue todo un símbolo de las décadas del setenta y del ochenta en nuestra ciudad. Finos bombones, los mejores presentes... era el lugar ideal al cual concurrir si uno quería necesitaba quedar bien con alguien a través de un presente. Y detrás de este emprendimiento, una historia de vida que merece ser contada.

Comercios con historia 20 de octubre de 2023 juan carlos juan carlos
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La Bombonería y Regalería “La Cinta de Agua” fue todo un símbolo de las décadas del setenta y del ochenta en nuestra ciudad. Finos bombones, los mejores presentes... era el lugar ideal al cual concurrir si uno quería necesitaba quedar bien con alguien a través de un presente.

Y detrás de este emprendimiento, una historia de vida que merece ser contada.

La Cinta de Agua fue sinónimo de la familia Rudellat. Puso en el mapa comercial de la ciudad la primera cuadra de la calle Olmos, y lo hizo a partir del buen gusto convirtiéndose en sinónimo de delicadeza y sobriedad a la hora de elaborar sus dulzuras y ofrecer sus bellos regalos.

Pero este emprendimiento nació de la necesidad de salir adelante de una familia que siempre la peleó hasta salir airosa.

Nacida de la mente de Eugenia “Choni” Rudellat y del trabajo incansable de su hermana María Lina “Porota” Rudellat de Crespi, no le llevó mucho tiempo para convertirse en punto obligado del buen gusto altagraciense.

Contemos la historia

Porota Rudellat se casó con Angel Crespi y tuvieon dos hijas, Cami y María Leonor. Angel era Tenedor de Libros, una profesión que había ido aprendido de puro laburante que era. Con una vida sacrificada,desde los 8 años trabajó en el almacén  de Ramos Generales de Macchiavelli. Allí se convirtió en persona de confianza del dueño del comercio. Con el tiempo, abrazó la profesión contable.

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Angel falleció cuando la década del sesenta se iba despidiendo. Porota quedó viuda, y en una situación que debía afrontar deudas que su sueldo de docente no le permitía asumir del todo. Pero eso no hizo mella en su espíritu, y puso manos a la obra.

Su hermana Choni en su esfuerzo para ayudarla, puede decirse que “inventó” este negocio que fue La Cinta de Agua.

La realidad es que la idea fue de Choni, pero el trabajo lo pusieron Porota y sus hijas Cambi y María Leonor. Una amiga de Córdoba le enseñó a hacer los finos bombones que aún hoy recuerdan quienes fueron sus clientes. Lo que fue una idea se convirtió en un emprendimiento que les permitió salir adelante a fuerza de esfuerzo y dedicación.

Se abre el negocio

Para abrir las puertas hacía falta dinero. Dinero que prestó Choni, hasta que la cosa anduviera, y que Porota se encargó de devolver peso sobre peso.

El primer local estuvo ubicado en Olmos 57. Más precisamente en el garaje de la casa de Choni. No pasó mucho tiempo para que se mudara al frente, en un sitio más amplio, mejor presentado y con muchas más posibilidades de exhibir sus bellos productos. Cada tres o cuatro meses, Choni iba a Buenos Aires, compraba la mercadería y Porota y sus hijas hacían los bombones y trabajaban el comercio.

Porota era el alma del negocio.

Podría decirse que aquella fue la primera etapa de “La Cinta de Agua”. Que duró hasta que sus hijas se casaron y una de ellas, María Leonor viajó a vivir a Mar del Plata.

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Cuando sus hijas se casaron, Porota cerró el negocio e instaló una florería. O sea, el negocio se reinventó como una florería que hacía trabajos increíblemente bellos y que tuvo mucha fama en la ciudad. Ese emprendimiento habrá durado un año.

Volver a empezar

Cuando María Leonor junto a su esposo y sus hijos volvieron de  de Mar del Plata, a principios de 1977 comenzó otra parte de la historia.

Su hijo hizo una inversión comercial en una fábrica de ponchos en nuestra ciudad. Empresa que fue víctima de las nefastas políticas económicas de Martínez de Hoz. Fue empezó a trabajar vendiendo cosas por la calle. Ya en 1981, sin trabajo, abrió un pequeño kiosco en calle Chile, lo que le permitió salir adelante. En 1986 comienzan a recomponerse económicamente y deciden dar el salto y reabrir La Cinta de Agua.

Cuentan que cuando se reabrió “María Leonor sacó una caja repleta de etiquetas que ya por esa época no se hacían más. Eran una bellísima antigüedad”.

ETIQUETA DE LA CINTA DE AGUA (Andrés Espíndola) (2)

Con el tiempo, el  el kiosco cerró y le dejó el lugar definitivamente a La Cinta de Agua. Miguel, nieto de Porota e hijo de María Leonor, estudió y se recibió de abogado. No había espacio para ejercer la profesión y vender bombones.

La Cinta de Agua cerró sus puertas luego de haber simbolizado una enorme historia de vida y de trabajo familiar.

Cerró no sin antes haber marcado un antes y un después en el buen gusto altagraciense, y de haber contenido en su vida comercial una historia de vida, de superación y de trabajo que siempre será digno destacar.

“Porota” Crespi: Una docente, una educadora

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Su documento daba cuenta que respondía al nombre de María Lina Rudellat. De Crespi, si vamos a tomar en cuenta su apellido de casada. Pero para todos y para siempre fue y será “Porota” Crespi.

Porota Crespi fue educadora, profesora de Biología, y uno de los pilares docentes de los primeros años del viejo Colegio Nacional junto a profesores de la talla de Ferreyra, Rugani, Tolaba, Ruibal, Zemborain y Dell Anno, entre otros.

Mujer que siempre cultivó su intelecto, fue una persona dueña de una amplia cultura general y con la capacidad siempre de hacer el análisis preciso y la pregunta correcta en el momento adecuado.

“Porota” Crespi falleció el 24 de noviembre de 2007, con 81 años, dejando recuerdos imborrables en todos quienes la conocieron y gozaron de su don de gente y su buen trato.

NOTA: Un gracias enorme a Andrés Espíndola y su familia por habernos permitido conocer la historia de este comercio y de la gente que lo forjó.

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