Crónica de una sequía impresionante

"Una sequía impresionante" es un capítulo de los tantos que tiene el libro "Viejas estampas de Alta Gracia", escrito por Jorge Zemborain, y queremos compartirlo con ustedes.
Curiosidades13 de julio de 2021juan carlosjuan carlos
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"Una sequía impresionante" es un capítulo de los tantos que tiene el libro "Viejas estampas de Alta Gracia", escrito por Jorge Zemborain, y queremos compartirlo con ustedes.

No puedo recordar, después de tantos años -creo que ocurrió entre 1935 o 1936- cuando se produjo una pavorosa sequía en la provincia toda, que afectó, naturalmente, también la tranquila Villa que por entonces era Alta Gracia.

Sólo recuerdo que se aproximaban las vacaciones de fin de año, y consecuentemente el verano porque ya entonces el calor se hacía sentir con terrible intensidad.

Y qué calor, ¡Dios mío!

El sol asomaba en el horizonte, rojo en demasía considerando la hora, cual bola de fuego, y así continuaba durante el día, hasta esconderse tras las erizadas crestas de las sierras, sumergiéndose como Plutón furibundo, después de haber abrasado despiadadamente el suelo inusitadamente reseco, sin el menor vestigio de humedad.

La hacienda vacuna, caballar, y alguna que otra de las estoicas y aguantadoras cabras, morían deshidratadas por completo, y sólo sus cueros eran utilizables en la industria. Camiones rebasando sus capacidades de carga, marchaban incesantemente hacia la ciudad de Córdoba, cual fúnebre caravana, portando lo único de valor de los animales muertos.

Resultaba francamente desgarrador escuchar sus lastimeros mugidos de impotencia, mientras que con sus pezuñas raspaban el árido suelo, tratando infructuosamente de lograr un atisbo, siquiera, de humedad.

Y como para acentuar aún más la desolación del lugar, grandes mangas de langostas oscurecían el solo como nefastos nubarrones por intervalos de largos minutos, devastando lo escaso que quedaba de sembradío en los calcinados campos, hasta el punto que devoraban la corteza de los árboles.

El pueblo estaba silencioso, triste, y el agua corriente apenas si salía en pequeños chorritos de las canillas abiertas al máximo. Con todo, ese hilito de agua resultaba una bendición.

Misas, ruegos al Altísimo, novenarios, no arrojaron ningún resultado positivo. Se musitaban diariamente plegarias fervorosas frente a la Iglesia Parroquial, donde una verdadera multitud de vecinos se congregaban tarde a tarde, a implorar por las lluvias. No aportaron nada ni las innumerables misas, novenarios, rogativas e imploraciones de la castigada población. El cielo se empecinaba en mantenerse seco , cerrado, carent por completo de nubes prometedoras de lluvias.

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Un grupo de chicos, a la salida de la escuela, nos dirigíamos diariamente al tajamar, siempre muy temido por el gran caudal de sus aguas, y por ese tiempo, inofensivo totalmente.

La aventura que emprendíamos a diario al cruzar ese lugar tan particularmente peligroso y prohibido -aun en tal situación- con absoluta impunidad, nos otorgaba un placer morboso, puesto que por imperio de la naturaleza, no ofrecía el menor peligro.

Convertido entonces en un charquito insignificante, donde agonizaban clavando sus cabezas en una agua mezquina, verdosa y muy espesa de barro caliente, en desesperada búsqueda del oxígeno imprescindible para mantenerse con vida, unos magníficos ejemplares de pejerreyes; mientras, el resto de sus cuerpos quedaban más de la mitad fuera de ellas, expuestos al infernal calor y a un rojo sol que los agrietaba resecándoselos, produciéndoles una horrible muerte.

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Recorríamos casi todo el gran perímetro de esa monumental construcción jesuítica que en tales condiciones parecía una ironía, ya que fuera levantada para embalsar agua, y su durísimo fondo se encontraba surcado por enormes grietas que, por tramos, presentaban una profundidad de ochenta centímetros aproximadamente, no siendo pocas las que superaban el metro.

Tal vez se haya tratado de una de las plagas que Jehová desató en Egipto para escarmiento de los tiranos del pueblo elegido, aunque si así fue, se equivocó de lugar y época.

Esta angustiante situación se prolongó por largos meses.

Y un dia, llovió. La Villa recobró la normalidad alterada por el fenómeno.

Con la llegada de las lluvias, el tajamar volvió a ser un lugar terrible y prohibido, por donde nunca más nos aventuraríamos a pasar tan siquiera en los botes que retornaron a surcar sus tranquilas aunque tenebrosas aguas.

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